La Culpa

14 de abril de 2008


Nada hacía sospechar por aquel entonces que el curso de mi vida se daría de bruces con una realidad cruel e imprevisible. De pequeño solía pensar que en el futuro todo me vendría rodado, como las piedras siguen el curso de un río. Oír hablar a los mayores de preocupaciones, soportar sus inesperados cambios de humor y hacer guardia en sus desvelos, como el vigía en la garita, formaba parte de un ritual cotidiano y repetitivo hasta la náusea que deploraba enormemente pero al que dedicaba todos mis esfuerzos con el fervor de un creyente cuando las cosas les vienen mal dadas. Si soportar aquella situación parecía insufrible, no menos doloroso resultaba intentar comprenderla. Recuerdo que una de esas frías noches, en las que ya intuía que algo malo me debía suceder, me desveló el ruido producido por el roce de unas viejas persianas de madera contra el cristal de la ventana; era un tac-tac tac-tac continuo y molesto cuya cadencia resultaba, si cabe, mucho más incómoda a mis oídos. Me levanté de la cama y me dirigí al balcón, por llamarlo de alguna manera, dónde mi madre tendía la ropa de noche aprovechando el favor del viento y se despertaba muy temprano a recogerla antes de que el relente la humedeciera de nuevo y diera al traste con sus buenas intenciones. Cuando esto sucedía inevitablemente, mi padre solía decirle que tendiera al mediodía para aprovechar el calor del sol que a su juicio era mucho más efectivo que el viento frío de la noche en determinadas épocas del año. Esto producía una estúpida discusión a la que nunca acabé de acostumbrarme y me reafirmaba en mi convicción de que los mayores eran simplemente unos idotas que hacían de la convivencia una montaña rusa llena de altibajos y sinsabores innecesarios.

Cuál fue mi sorpresa al comprobar que la persiana estaba completamente amarrada a la barandilla con una cuerda de tela que mi padre dispuso en previsión de que el fuerte viento provocara un estropicio. Si no es la persiana, qué será, pensé. Miré a izquierda y derecha pero no lograba adivinar qué podía estar provocando el ruido, por lo que decidí agudizar mi sentido del oído y dejarme guiar hasta llegar al origen de aquél. Aunque luego sabrán porque digo esto, les voy a contar que mi tío Tomás, el hermano de mi padre, era un hombre amable, simpático y muy generoso, que nos recompensaba con abundantes golosinas cada vez que hacíamos algo que él consideraba ingenioso o simplemente gracioso; no obstante, además de estas virtudes tenía algún que otro defecto como el de ser muy mal hablado delante de niños y mayores, resultando que en una conversación de dos minutos, uno como mínimo lo dedicaba a soltar insultos y palabrotas sin ton ni son a pesar de los intentos en vano de mis padres de afearle esa conducta. A resultas de escuchar a mi tío Tomás, mis hermanos y yo acabamos por adquirir este vicio, de modo que no era extraño el día en que alguno de nuestros profesores nos expulsaba de clase por haber dicho esto o lo otro. Una de las expresiones que se me quedó grabada en la memoria, al menos a mí, desconozco si a mis hermanos también, fue la de “se me han puesto los cojones por corbata”. Sin saber muy bien lo que significaba, yo no hacía más que repetirla cada vez que tenía ocasión, aunque ésta no invitase precisamente a decir semejante idiotez. Una vez, bajando las escaleras a toda pastilla, saltando los escalones de diez en diez con el consiguiente peligro de fractura de alguna de mis extremidades que esto suponía, se cruzó la vecina del noveno en mi camino y me la llevé por delante con tal fuerza, que ésta cayó contra el suelo junto con las bolsas de la compra que llevaba, con la mala fortuna de que se dislocó el cuello y quedó tendida casi inerte. Al vernos a los dos en el suelo, otro vecino que subía las escaleras acudió amablemente en nuestra ayuda y al preguntarme que si me había hecho daño, yo le contesté: “no, pero tengo los cojones por corbata” Lejos de reprenderme, el hombre soltó una sonora carcajada que retumbó en todo el rellano y llamó la atención de los demás vecinos, que salieron de sus casas y fueron rápidamente adónde estábamos para ver qué pasaba. Mientras yo me reponía del susto e intentaba levantarme, la pobre mujer seguía en el suelo doliéndose y el hombre que había venido, en teoría a ayudarnos, no podía contener una risa histriónica que me hizo sospechar dos cosas; que estaba loco o borracho, pero de la primera no tenía constancia. La escena, ya pintoresca de por sí, cobraba tintes surrealistas si a todo esto añadimos las lechugas, legumbres y huevos rotos que por el impacto yacían esparcidos por el suelo formando una alfombra de colores vivos y figura indefinible. Resultó que uno de los vecinos que acudieron al lugar alertados por la escandalera era el marido de la señora que atropellé involuntariamente. Fruto de los nervios provocados por la situación, el hombre no tuvo tiempo para formarse una idea de lo que realmente había sucedido allí, pero al advertir la escandalosa carcajada del otro vecino y de su estado de embriaguez, reaccionó furiosamente y, antes de ir a socorrer a su malherida esposa, le propinó un fuerte puñetazo en la cara a aquél con tal fuerza y determinación que lo noqueó cual púgil en un cuadrilátero con un penoso resultado. Dos días después me enteré de que el borracho había fallecido en el hospital víctima de una fractura craneoencefálica y el agresor había sido puesto a disposición judicial y pasaba las noches en la cárcel de la Modelo. Como la única testigo presencial y en primera persona que quedaba con vida era la señora accidentada, yo temía que ésta le fuese a contar a todo el mundo lo que realmente había sucedido y se desvelase quien, en última instancia, había sido el causante de aquella enorme desgracia. Esto me provocó no pocas noches de desvelo que intentaba soportar de la mejor manera posible, consolándome inútilmente con la idea de que, en el mejor de los casos, mi inocencia infantil me absolvería de cualquier responsabilidad. A todo esto, mis padres no tenían ni la más remota idea de mi grado de implicación en el caso, que fue la comidilla del barrio durante interminables semanas; ellos sólo sabían que yo pasaba por allí, no acerté a decirles si subía o bajaba por las escaleras, simplemente estaba allí. Con tal de evitar esa terrible situación, maquiné un plan a medio plazo para que jamás saliera a relucir la verdad, por el bien de mis padres y el mío propio. Para más escarnio, también debo decirles que Juan, el hijo de este matrimonio roto por la desgracia, era uno de mi pandilla, un amigo con el que intercambiaba cromos de Stilike, Santillana, Migueli o Artola. Uno de esos chavales con los que formaba pareja cuando jugábamos al palé, a las canicas, o al trompo. Ahora puedo describir con total claridad lo que en aquellos momentos sentía cada vez que le miraba a la cara y él me sonreía o me chocaba la mano cuando hacíamos un guá o montábamos un cuádruple en el palé, actos los dos que nos reportaban grandes beneficios en forma de canicas o cromos. Era culpa.

Pero de esto ya hacía más de un mes y mientras el padre de Juan se consumía en una sucia y asquerosa celda, su madre, todavía con un collarín, se dedicaba en cuerpo y alma a sacar a su familia adelante, realizando trabajos penosos en jornadas inagotables mortales de necesidad, que obligaban a sus dos hijos, mi amigo Juan y una niña de apenas cinco años, a aprender a valerse por sí mismos en una selva urbana que distaba mucho de ser el idílico cuento de hadas que nos vendían en Verano Azul.

El tac-tac tac-tac no cesaba, pero no desistí en mi intento de lograr descifrar de dónde provenía, así que aparté la ropa que me tapaba la vista frontal de la terraza y me topé con una figura fantasmagórica que portaba una túnica marrón y un bastón que hacía repicar contra el suelo de terrazo con la cadencia anteriormente descrita y que logró sacarme de quicio. Esta vez sí hubiera estado justificado decir que se me pusieron los cojones por corbata, pero el miedo me tenía tan paralizado que no lo hice. Me quedé petrificado, ausente, fijando la mirada en aquél espectro amenazante que se había colado inexplicablemente en la terraza de un cuarto piso y cuyas intenciones, a mi juicio, no parecían ser nada halagüeñas. El frío se convirtió en calor y la humedad en sudor. Mi corazón latía al triple de la velocidad del repique del bastón y mi caja torácica se comprimió y adquirió la misma solidez del suelo que sufría las embestidas de la madera. Luego perdí el conocimiento, no sin antes intuir que aquélla aparición constituía la consumación de la venganza que inexorablemente debía producirse, y que pondría fin a mis noches de desvelo y daría sentido a un concepto de justicia que creía necesario e inevitable para expiar la culpa que no me dejaba vivir.

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Han pasado veintidós años y todavía sigo sufriendo la misma pesadilla. En un mundo justo, el hombre del bastón hubiera sido real y yo debería estar muerto; pero esta es una lectura egoísta. No hay peor castigo que recordarte cada día quien eres y por justicia, yo me lo merezco. Los psiquiatras dicen que de pequeño sufrí un trauma, tantos años de estudio para decirme eso, y tampoco dan con el tratamiento adecuado para paliar este daño psíquico. Nadie sabe mi secreto, ni siquiera Susana, mi mujer. Ella en cambio, es mucho más abierta conmigo y nunca me ha ocultado nada. Ni siquiera tuvo reparos cuando éramos todavía novios, en confesarme que su padre murió de Sida en la cárcel y que su hermano Juan se había suicidado tirándose del noveno piso disfrazado de Moisés, creyéndose un Mesías que estaba destinado a salvar a la Humanidad de no sé que plaga. ¿Y mamá? Pobre mamá, murió en extrañas circunstancias, la autopsia reveló altos contenidos de una sustancia tóxica en su organismo, pero por más que investigaron nunca dieron con el causante del envenenamiento, por lo que pienso que también se suicidó para poner fin a la pena que la invadía.

Esto me lo contaba cada vez que se sentía sola en el mundo e intentaba aferrarse a la única persona que tenía cerca. Entonces yo, con la misma sensación que me producía mirar a los ojos de su hermano Juan cuando éramos todavía unos críos, le cogía las manos y le decía: “no te preocupes, ahora estoy yo aquí para protegerte, nada malo te puedo pasar”

Acabo de despertar de la misma pesadilla, es la tercera en lo que va de semana y hoy es viernes. Estoy temblando y empapado en sudor. Susana me ha cogido la mano con ternura y ha vuelto a susurrarme al oído que me tranquilice, que estando a su lado nunca me ocurrirá nada malo.

EK, MVIII, Año 33